La ausencia
Cuando alguien ya no está, pero sigue estando
La ausencia no siempre llega de golpe. A veces se instala poco a poco, casi sin avisar. Otras veces irrumpe de manera brusca y lo cambia todo. Puede tener muchas formas: la muerte de alguien querido, una separación, la distancia física, una relación que se enfría, una presencia que deja de ser emocional, aunque el cuerpo siga ahí. Sea como sea, la ausencia deja huella.
Vivimos en una sociedad que suele empujarnos a llenar los silencios, a pasar página rápido, a seguir adelante sin mirar atrás. Pero hay ausencias que no se superan, se aprenden a habitar. Personas que ya no están, pero que siguen presentes en gestos, recuerdos, palabras que repetimos sin darnos cuenta. La ausencia no es solo un vacío: es también memoria, vínculo y amor que no encuentra dónde quedarse.
Hay momentos del año en los que esta sensación se intensifica. Fechas señaladas, celebraciones familiares, cumpleaños, aniversarios o reuniones que ponen de manifiesto quién falta. La Navidad es uno de esos momentos, quizá el más evidente. Todo invita a compartir, a reunirse, a mostrar felicidad. Y cuando alguien no está, la ausencia se sienta a la mesa, aunque nadie la nombre.
En esas fechas, el contraste entre lo que se espera sentir y lo que realmente se siente puede ser abrumador. La alegría ajena puede doler. Las tradiciones cambian o pierden sentido. Y aparece la culpa: por estar triste cuando “deberíamos” estar agradecidos, por no disfrutar como antes, por no encajar en la imagen idealizada de estas celebraciones.
Pero la ausencia no entiende de calendarios. Acompaña durante todo el año. Se cuela en lo cotidiano: en una llamada que ya no se hace, en una opinión que ya no se pide, en una noticia que no se puede compartir. Está en los pequeños detalles, no solo en los grandes momentos.
Hablar de la ausencia no es recrearse en el dolor, es reconocer una realidad compartida. Es aceptar que echar de menos es una respuesta natural al amor y al vínculo. Que no todas las pérdidas son visibles ni todas las ausencias son comprendidas desde fuera. Algunas no tienen rituales, ni despedidas claras, ni un espacio social donde expresarse.
Quizá por eso es importante darles lugar. Nombrarlas. Permitirse sentirlas sin prisa y sin exigencias. Entender que convivir con la ausencia no significa quedarse anclado en el pasado, sino integrar lo vivido en quien somos ahora.
Porque las personas que ya no están, de alguna manera, siguen formando parte de nuestra historia. Y reconocer su ausencia es también una forma de honrar lo que significaron.
A veces, aceptar que algo falta no nos debilita. Nos hace más humanos.
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